La exposición, comisariada por
Patricia Molins, miembro del Departamento de Exposiciones Temporales
del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, coproducida por
la Fundación Botín con el Museo Nacional Centro de Arte
Reina Sofía, presenta más de noventa pinturas, setenta
dibujos, además de un centenar de fotografías y documentos
de la artista, algunos inéditos, muchos de ellos adquiridos recientemente
por el Museo Reina Sofía como parte del legado del Archivo Lafuente,
que trazan toda la carrera de la artista Maruja Mallo (Viveiro, Galicia,
1902 - Madrid, 1995). Desde el realismo mágico de sus primeros
años hasta las configuraciones geométricas y fantásticas
de sus últimas obras. Una exhaustiva retrospectiva de la que
fuera una de las figuras más destacadas y singulares de la Generación
del 27, el importante grupo de artistas y escritores establecido en
Madrid y del que formaron parte Rafael Alberti, Salvador Dalí,
Federico García Lorca, Luis Buñuel, la escritora Rosa
Chacel y la filósofa María Zambrano.
La personal y heterogénea producción
artística de Maruja Mallo difuminó los límites
entre lo popular y lo vanguardista, entre estética y política.
Fue una artista visionaria, que logró reflejar las preocupaciones
de su época y anticiparse a muchas de las nuestras. La universalidad
de las aspiraciones humanas, más allá de diferencias económicas,
raciales o de género; la consideración del mundo como
un sistema ecológico interrelacionado que debe ser preservado;
y el poder del arte para revelar aspectos desconocidos de la realidad,
son ejes fundamentales de su obra.
El recorrido expositivo se presenta de forma cronológica a lo
largo de once salas de la Planta 1 del Edificio Sabatini. Comienza con
su paso por la Academia de San Fernando, donde Mallo estudia con profesores
como Chicharro o Romero de Torres, cuya huella postimpresionista está
presente en sus primeras pinturas. La publicación, en 1925, del
libro ‘Realismo mágico’, de Franz Roh, marca a su
generación al reintroducir el nuevo realismo (antinarrativo y
de inspiración popular) como reacción frente al cubismo
y la abstracción. Dos pinturas iniciales de la artista: ‘Indígena’
(1024-1925) y ‘Retrato de señora con abanico’ (hacia
1926), del Museo Provincial de Lugo, anuncian dos temas clave en su
trayectoria: el interés por otras culturas y el retrato de la
mujer moderna.
La muestra continúa con la serie ‘Las verbenas’ (1927-1928),
las primeras obras personales de Mallo que participan del debate -fundamental
para la Generación del 27- sobre la relación entre vanguardia,
arte popular, regeneración social y tradición. La composición,
que parte de una división geométrica y simbólica
del cuadro, se inspira en la relación entre figura y decorado
del teatro popular, como el guiñol, y en el concepto cinematográfico
de simultaneidad y superposición. En ellas se observan personas
de clases y razas muy distintas retratadas burlonamente: mujeres disfrazadas
de ángeles negros, reyes y magistrados de cartón piedra,
teatrillos de toros y manolas, e intelectuales montados sobre cerdos
que tiran de un tiovivo que les traslada a mundos alternos, como las
pirámides del desierto o China. Hay que destacar que es la primera
vez que se reúnen las cinco escenas de verbenas desde que se
expusieron en la revista de Occidente, en 1928, de las que destacan
‘El Mago/Pim Pam Pum’ (1926), del Art Institute of Chicago,
y ‘Kermesse’ (1928), del MNAM Centre Georges Pompidou en
París. Enfrentada a ellas, se expone la serie ‘Cloacas
y campanarios’ (1930-32) que, si las verbenas recogían
la humanidad vital, en estas la figura humana solo aparece como huella
o residuo, estando el foco de atención en la materia y sus diferentes
texturas. Con pinturas como ‘Tierra y excrementos’ (1932),
del MNCARS, o ‘El espantapájaros’ (1930), de una
colección particular. Junto a estas, el visitante descubrirá
sus ‘Arquitecturas minerales y vegetales’ (1933), donde
Mallo reduce a líneas o secciones anatómicas las figuras,
al tiempo que concentra su atención en el tratamiento generoso
de la materia pictórica, que aplica con texturas muy marcadas
en un intento de romper la dicotomía entre figura y fondo, y
dar protagonismo a ambos.


Por su parte,
en las ‘Arquitecturas rurales’ (1933-1935) dibuja esqueletos
o carcasas de silos, almiares y otras construcciones efímeras
utilizadas para la cosecha de cereales, siendo de nuevo el resultado
de un intento conciliatorio y paradójico: una tensión
entre lo animado y lo inanimado -entre el rostro y la máscara-,
que es uno de los rasgos más inquietantes y fascinantes de su
obra. La materia es aún protagonista, pero sometida a la geometría,
un proceso que culmina en las cerámicas, en las que la tierra
cobra un valor constructivo y no destructivo, como en las obras reunidas
en la serie ‘Cloacas y campanarios’. Es en 1932, en París,
donde la artista estudió escenografía y teatro. Allí
conoció a Picasso y a Miró, y comienza a interesarse por
el espacio como soporte tridimensional de la obra en lugar del plano
pictórico. Su colaboración teatral más importante,
la escenografía de ‘Clavileño’ (1936), fue
un ballet de Rodolfo Halffter que no llegó a presentarse en la
Residencia de Estudiantes por el inicio de la Guerra Civil. Las fotografías
de las maquetas del escenario y los figurines, que se presentan en la
sala expositiva sobre la bahía, permiten entender la radicalidad
de su propuesta. Están acompañados de una réplica
del teatrillo, con figuras de cestería realizadas para esta exposición.
Mallo concibe sus fotografías como actos también teatrales,
no solo las evidentemente performativas, como la serie de fotos con
cráneos en la sierra madrileña, sino también aquellas
en las que se representa con sus obras y otros elementos simbólicos:
el compás, las mariposas (símbolo de la metamorfosis),
mapas, y a ella misma identificada con su obra.
La exposición también dedica un espacio a ‘La religión
del trabajo’ (1937-1939), apreciándose imágenes
arcaicas de diosas o damas oferentes, con el rostro rodeado por espigas
o redes, como también se observa en la obra ‘Canto de las
espigas’ (1939), del MNCARS, o en ‘La red’ (1928),
de una colección particular. Con ellas inicia lo que considera
“un renacimiento”, un nuevo clasicismo, entendiendo el arte
como salvación frente al tiempo y la destrucción bélica.
Como la propia Mallo expresó, la serie surge de su “fe
materialista en el triunfo de los peces, en el reinado de la espiga”.
Es, en este momento, cuando Mallo comienza a utilizar una fuente de
luz baja que incide lateralmente en las figuras. Se trata de una luz
propia del inicio y final del día, ese momento híbrido
de la aurora o el crepúsculo.
En los años cuarenta desarrolló ‘Las Naturalezas
vivas’ (1941-1943), que muestran una sugerencia clara de figuras
femeninas, sensuales y coloristas, a través de composiciones
con conchas y flores que representan el reino animal y el vegetal, como
metáfora del cuerpo humano, y que parecen flotar sobre superficies
terrestres y marinas lejanas. A partir de este momento, una de sus principales
preocupaciones es la de incorporar en sus cuadros la cuarta dimensión
siguiendo los hallazgos de la física contemporánea, que
sustituye la concepción estática del espacio por una dinámica
del espacio/tiempo. En pinturas como ‘Naturaleza viva II’
(1941-1942), del Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo (Uruguay),
o ‘Naturaleza viva XII’ (1943), de la Fundación María
José Jove, los elementos marinos atravesados por vegetales cobran
un aspecto sexualizado y orgánico que recuerdan el origen común
de la vida y el universo.
Esta exposición también pone el foco en las obras producidas
durante su exilio en Buenos Aires y sus viajes, a partir de 1937, por
el Pacífico, Uruguay y, sobre todo, Brasil, donde Mallo conoce
paisajes y poblaciones que le fascinan por su variedad física
y su sincretismo cultural y racial. A partir de este momento, se propone
crear un método sistemático de representación de
una nueva humanidad, proponiendo ese concepto sincrético también
como respuesta al racismo y al nacionalismo de los años treinta.
En su búsqueda por incorporar espacios y tiempos circulares,
presentes y eternos a la vez, representa cabezas, máscaras y
acróbatas como formas simbólicas e idealizadas, partiendo
de su creencia en el arte como visión perfeccionada de lo real,
con una mirada hacia el futuro. Realiza primero unas cabezas estáticas
en las que ensaya la fusión entre razas, entre razas y animales,
y entre sexos, como por ejemplo ‘La cierva humana’ (1948),
del Museo Benito Quinquela Martín de Buenos Aires, y ‘Oro’
(1952), de la Asociación Colección Arte Contemporáneo
- Museo Patio Herreriano. Sus Máscaras, un contraste de emociones
positivas y negativas, llevan la huella de los estudios sobre Freud
que ella inicia en estos años. Muchas de ellas emparejan figuras
intimidantes con otras que parecen perplejas, inhibidas, que pueden
también estar en relación con su condición de exiliada,
viviendo en dos mundos: el actual y el que ha abandonado.

En 1965 regresa
a España, un viaje que llevaba planeando desde finales de los
años cuarenta, y realiza sus últimas series: ‘Moradores
del vacío’ y ‘Viajeros del éter’. Mallo
consideraba que sus viajes reales o imaginarios, cruzando los Andes
y atravesando el Pacífico, habían sido experiencias levitatorias,
de contacto con otras dimensiones supra humanas. Su interés por
la ciencia, sumado a su interés por el universo (decía
que al llegar a América había pasado de la geografía
a la cosmografía), le llevan a culminar sus cambios de localización
para crear espacios siderales infinitos; el círculo deja paso
a geometrías serpenteantes, más complejas, como se puede
observar en varias de las pinturas pertenecientes al MNCARS. Las figuras
se convierten en seres transformados por procesos simbióticos
o metamórficos que concilian el proceso evolutivo completo, de
la célula a los animales y a las máquinas espaciales.
El recorrido expositivo finaliza con
las obras que creó durante sus últimos años, cuando
continúa con esas series y recupera motivos de sus diferentes
épocas, que combina en dibujos o pinturas con un color marcadamente
simbólico (gamas de azules, rojos y amarillos). Al mismo tiempo,
Mallo se ha convertido en un personaje popular y en un importante representante
de la Generación del 27, que justo ahora está volviendo
del exilio. Recupera las viñetas que había realizado para
las portadas de la Revista de Occidente -la más importante publicación
intelectual anterior a la Guerra Civil- y realiza una serie de grabados
(1979) que se muestran junto a esas portadas, además de testimonios
fotográficos y audiovisuales de esa etapa.
Maruja Mallo. Máscara
y compás
Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Calle Santa Isabel, 52. Edificio Sabatini, planta 1, Madrid, España
Desde el 7 de octubre de 2025 hasta el
16 de marzo de 2026
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